Obsesión.
13 Agosto 2026 Santos: Ponciano, Hipólito, Casiano, Antio, Vigberto, Benildo, Radegunda…
San Ponciano, papa entre el 230 y el 235, fue arrestado bajo la dura persecución de los cristianos promovida por el emperador Maximino el Tracio y deportado a las minas de Cerdeña. Allí murió después de haber acabado con el cisma.
Santana de Jumilla, jueves, el eclipse de ayer lo seguimos por la tele. Aquí por la hora ni se notó. En otras provincias mucha gente que aplaudía con el cambio.
13 julio 1994.- Hace 2 años comprábamos el Sol, un periódico con el que se nos daba un libro. Colección de más de 300 que muchos librófilos completamos.
Me dio por recortar artículos de aquel periódico para leer más tarde con más detenimiento. Así formé una montaña de artículos y de hojas enteras con temas de especial interés.
Estas hojas y estos artículos se fueron dejando para el verano. Lo cierto y verdad es que el montón de hojas espera que llegue el momento de ser atendido.
Hoy cojo unos cuántos artículos de estos para ojearlos, y es curioso, pocos de hace 2 años tan solo, me parecen interesantes. La noticia de entonces dejó de serlo.
Ya, desvelado con los días el tema de discusión, ¿qué interés sigue teniendo? Que si Aznar visita a Felipe, que si Felipe vuelve de tal reunión, que si el tratado de Maastricht…
El periódico visto así 2 años después, produce la sensación de encontrar a un amigo. Una vez que os habéis saludado y habéis cambiado impresiones volvéis al presente.
Dos años son dos años y las noticias son otras. Los personajes siguen siendo los mismos quizás, pero los acontecimientos han variado para bien de unos y para mal de otros.
El periódico sirve para el hoy, para decirte por la mañana lo que encontrarás al salir a la calle, para saber lo que debes comentar con el amigo o compañero de trabajo, no para guardar.
La noticia, una vez divulgada deja de serlo. Pide otra noticia más nueva, más reciente, si puede ser arañando el mañana, queriendo hacer de pitoniso mejor todavía.
Pero lo de ayer ya no sirve. Lo que pasó no interesa. se archiva para la historia. Las hojas del Sol que guardo de hace dos años, son mejor un libro de historia que recortes de periódicos.
El periódico del día es política; el de hace 2 años es historia. Se salvan de los periódicos viejos los artículos despolitizados. Por ellos no pasa el tiempo. El escritor, dejando a un lado los avatares de gobernantes, escribe sobre temas universales, que igual sirven para ayer que para hoy.
En uno de estos artículos, se especula con la probabilidad de que Cervantes, por el año 1600, fue invitado por un amigo alemán, a pasar con él una temporada en su casa, lugar tranquilo y poblado de pinos.
Y que allí, don Miguel, en feliz estado de ánimo, dejó caer en un papel aquel comienzo; “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…
Francisco Tomás Ortuño.
16 junio 1987.- Temprano, pero con sol. Estoy leyendo un libro del Opus Dei. De un tiempo a esta parte hablamos bastante de la Obra descrita por Balaguer, su fundador.
El libro se titula precisamente “La herencia de Monseñor Balaguer”. Este señor, que murió hace unos años, quiso ser como impulsor o revitalizador de la doctrina cristiana. En el año 1928 fundó el Opus y se lanzó como un apóstol a predicar su forma de ver al cristiano ejemplar.
Hace poco, estuvimos mamá y yo a ver una película suya en un club. En esta película se le veía sonriente, como un showman, contestando a las masas enfervorizadas.
Mi vecino Teófilo quiere que yo entre en la Obra. Antoñita, su señora, hace lo propio con mi mujer. Es su labor de captación, su tarea de apostolado. Ellas estuvieron de retiro ya en Alhama. Él y yo fuimos un día a la iglesia de San Lorenzo a una meditación.
No desmayan en su empeño. Para esta tarde tenemos otro acto a la vista. Teófilo me llamó anoche por teléfono. Forma parte de su programa. No de Teófilo ni de Antoñita como personas particulares sino como miembros de la obra.
Antes yo pensaba que el Opus era algo oculto y misterioso. O así me lo hicieron creer. Ahora, lo confieso, me atrae su forma de entender y de practicar la doctrina de la Iglesia católica.
Es una obsesión, desde que se levantan hasta que se acuestan, por estar con Dios, con la Virgen y con la iglesia. Ofrecimientos a cada momento, rezos, el Ángelus , el Rosario, visitas al Santísimo…
Vamos, como vivir obsesionados con las cosas del espíritu, evitando tentaciones con el pensamiento descansando en lo divino. Me imagino a Teófilo en su Comisaría ordenando a los policías lo que tienen que hacer.
Son activos donde los haya. No dejan de inventar algo para no caer en la ociosidad. Y así todos. Cada cual en su particular ocupación. Es querer santificar el trabajo de todos los días.
Un día del mes pasado nos llamaron para ir a la Fuensanta a oír misa. Encantados, dijimos. Fue el día que nos presentaron las señoras a Teófilo y a mí. Me llamo Teófilo y soy comisario de policía.
¿Conocéis el Santuario de la Luz? -preguntó Antoñita.
-Vayamos al Santuario -apoyó su marido.
Cerca de la Fuensanta, descendimos del coche. El paisaje era fenomenal, como Santana pero más grande.
Mi sorpresa, por inesperada, fue que Teófilo me dijo, de buenas a primeras, cuando paseábamos en solitario por caminos estrechos bordeados de pinos -las mujeres se quedaron detrás-:
-¿Rezamos el Rosario? Yo la verdad no esperaba semejante salida de un Comisario de policía.
-Bueno, le contesté. Rezamos devotamente el Rosario, camino arriba, camino abajo, como los frailes en las proximidades de su convento. y nos dirigimos al Santuario de la Luz, una ermita pequeña, recoleta.
No había nadie. Nos sentamos en el primer banco. Y a los pocos minutos me dijo Teófilo en voz baja: “¿Rezamos el Rosario?”´. Yo, algo aturdido por la sorpresa, le dije de nuevo: “Bueno”.
Y así como estábamos, rezamos otra vez el Rosario, desde “Por la señal, Señor mío Jesucristo” a la letanía y varios extras por el Papa, por la iglesia, por los difuntos y por los santos celestiales.
Cuando salimos a la calle, temiendo otra salida teofilera, apremié a las mujeres: “Deprisa, que se hace tarde”. Montamos en el coche y nos dirigimos a la Fuensanta.
Los coches llenaban la explanada. Dentro la gente llenaba los bancos. Cogimos sillas y nos fuimos a un lateral. Fue en ese preciso instante que mi compañero miró su reloj y me dijo bajo, casi sin voz:
Faltan 10 minutos, ¿rezamos el Rosario?
Asustado, accedí de nuevo, y como dos frailes otra vez rezamos las 50 Ave Marías y sus glorias, más letanías y oraciones adicionales.
Esta fue, te lo juro, la aventura que nos corrimos mi amigo Teófilo y yo el día que nos presentaron.
Francisco Tomás Ortuño
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