Museo, palacio de las musas. Yo conmigo.

 1 Julio 2026  Santos Aarón, Oliverio, Domiciano, Teodorico, Eparquio, Justino, Atilano,,,

    Santa Esther: Esther es la protagonista del libro bíblico que lleva su nombre. Es valorada como una mujer ejemplar, que expone libre y conscientemente su vida por el pueblo y manifiesta profunda piedad hacia Dios.

    Del Año actual: 182 días pasados y 183 sin pasar. El Sol sale a las 6´48 y se va a las 21´49. La Luna sale a las 23´13 y se va a las 8´51(2). Cuarto mengte,  el 7 .

    PARA PENSAR: El amor no tiene nada que ver con lo que esperas conseguir;  solo con lo que esperas dar, es decir, todo.  K. H.

    PIENSA MÁS: En la Antigua Grecia, el museo o palacio de las musas, tenía un sentido estático, sagrado, que hacía referencia al aspecto sincrónico del arte. Las obras se guardaban para ser admiradas por un público que solo contemplaba.

    Con el tiempo, el afán de colección y orden adquirió para el museo otras justificaciones, como fue la apertura de sus puertas y el recorrido por sus estancias, lo que llevaría a establecer un desarrollo cronológico del arte y algunas diferencias que fueron ordenadas y encasilladas en estilos y categorías.

    Además, se delimitó una frontera entre las distintas artes, como la pintura, la escultura y las artes menores. Todo etiquetado y reseñado. Inmóvil.

    Hasta muy avanzado el siglo XX, los museos han sido instituciones mayestáticas,  ejemplo del patrimonio cultural a las que uno se acercaba para conocer la riqueza representativa de un pueblo. las obras de arte eran simples trofeos, signos de propiedad.

    Afortunadamente, se han convertido en espacios de cultura y aprendizaje con atención a la conservación, la investigación y la difusión dirigidos a todos los públicos. Queda seguir avanzando en la posibilidad de experimentar y participar.

                                    

Francisco Tomás Ortuño.


   De mi libro PARTOS MENTALES: Me río conmigo.

   ¿Qué mejor cosa que llevarse bien con uno mismo? Somos amigos entrañables. Pero voy a aclarar conceptos, porque dicho así, sin más, puede parecer un galimatías sin sentido.

     Digo arriba que lo pasó bien conmigo: Yo - conmigo.  Entonces resulta que en mí vamos dos, yo y otro, que siendo yo no es el primero.

   Lo paso bien conmigo. Yo – conmigo. Luego son dos. Sí yo se divierte conmigo, es que un yo y otro yo no son uno mismo, yendo los dos en mí. Y me río con mis cosas, lo que digo me resulta divertido. Yo hablo y me escucho y me río porque me hago gracia. Es que yo hablo y divierte a otro. Uno dice y otro escucha, o los dos dialogan.

     Cuando hablo con otra persona es sumamente difícil y complejo un entendimiento perfecto.

   Pues sí, ya es complicado uno con sus distintos yoes, aumenta lo indecible cuando son varios los que juzgan y valoran. Pongamos un ejemplo vulgar:

   Yo primero: Buenos días, doña Benita, cuánto madruga usted.

   Yo segundo: Simpático está el joven.  

   Yo primero: Hay que agradar a las personas.

   Ya segundo: ¿Cómo ha encajado tu cumplido?

   Yo primero: No he dicho nada que no sea.

   Yo segundo: Cortemos, galanteador.

   Doña Benita a Yo primero: ¡Hola!, tú también madrugas, ¿cómo están tus padres?

     Sí, contigo llevas un compañero, una especie de guardián en pensamientos y en acciones. No es difícil verlo a poco que te fijes. En el lenguaje nos pone sobre aviso en muchas ocasiones:

    Cuando digo “Me lo creo”, expreso que “yo” creo “lo” a mí. O bien, si digo “Me lo repito mil veces” indico que en mí hay un “yo” y “otro”, a quien digo algo.

   ¿Quién no habla a solas consigo mismo? Decimos “consigo mismo” y es lo que nos crea confusión, porque es hablar dos seres como si se trataran del mismo. De aquí,  lo curioso que resulta saber cuándo habla uno, cuándo otro, o cuándo responde cada uno de ellos.

   Nuestro “yo” mora en nosotros observado en sus acciones por su vigilante. Vamos a conocerlo: Si contemplamos algo que nos desagrada, la repugnancia se manifiesta a través de nuestros ojos con una claridad tremenda.

   Si un espectáculo nos pone iracundo, esao de ira se expresa meridianamente en nuestro gesto. Si algo nos produce placer, espontáneamente lo manifestamos: es nuestro yo desnudo, libre.

     Le conocemos en estado de soberbia, de lujuria, de envidia. Es la forma natural de nuestro yo. Es nuestro yo sin disfraces, sin presiones, es nuestro yo de andar por casa.

   “En el fondo es bueno” oímos decir cuando se refieren a que nuestro yo escondido, profundo, íntimo, es bueno. Dios nos puso, para nuestro bien, un policía. Este es prudente, sensato, frío.

      Nuestras acciones, todas, pasan por él. “No debes”. “Puedes”. Vamos a descubrirlo: Algo hace reír escandalosamente a nuestro yo.  La censura considera que es imprudente tal manifestación pública. En seguida, le manda moderación. Nuestro yo se reporta y actúa en consecuencia.

      Otro caso:  Nuestro Yo iría a ver una película, mas la censura se lo prohibe porque tiene que estudiar. Nuestro Yo  se rebela; trata de rechazar la orden recibida. La película le subyuga. El deseo de verla es arrollador.

     Hay lucha dentro. Nuestro yo contra su vigilante.

      Viene un amigo y nos invita a salir de casa. Empeora la situación. Nuevos alicientes encienden el deseo de ir al cine. La censura impertérrita no ceja: “No debes ir, lo sentirías después”. Contra toda recomendación, vamos al cine.      Hemos desobedecido al mentor.  Pronto el desasosiego nos sume en la tristeza, porque en el triunfo se encuentra la derrota.

     Queremos conseguir y deseamos que nos lo prohíban. Deseamos obtener y suplicamos que nuestro guardián se plante fuerte con su voluntad y no permita  el capricuho de turno.

     ¿Lo identificas?.  En la vida de relación, él mira por nosotros. Pobre del que tiene un guía tolerante, blando, descuidado.

     Es divertido llevarse bien con la censura. “Me río de mis cosas” vale tanto como un diálogo divertido entre nuestro yo y el vigilante. “Encontrarse simpático” es tolerarse, quererse.

     La mejor compañía será la de uno mismo. No habrá soledad, sino grata compañía, siempre grata y diversa dida de uno consigo mismo.

                                     

Francisco Tomás Ortuño

 

 

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