¡Sí lo llevaba!

8 Mayo 2026  Ntra. Sra. de la Salud: La Virgen María ha sido invocada como protectora de la salud desde los primeros siglos. En Oriente la Virgen era llamada “Auxiliadora de los enfermos”.

   En señal de agradecimiento, en distintos lugares se veneran imágenes y se han erigido capillas y templos en honor a la Virgen, dándole el título de Virgen de la Salud.

                                  

Francisco Tomás Ortuño


   Del año: 128 días pasados y 237 sin pasar. El Sol salió a las 7´06 y se irá a las 21´17. La Luna apareció a las 2´38 y desaparecerá a las 12´03.

   Murcia, viernes, las ocho menos cinco, seguimos sin novedad en casa, gracias a Dios.


   PIENSA: La voz de la persona amiga es la nota más suave en la orquesta de la vida.

   SIGUE PENSANDO: Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado.


   UN POCO MÁS: Con la concordia crecen las cosas más pequeñas; con la discordia se hunden las más grandes.


   ¿Y UN POCO DE HUMOR?: (A mi nieta Sofía) Un turista se encuentra en un restaurante de  China. Le entran dudas de si lo que ha pedido y le han servido en el plato será o no pato. Como no sabe chino y lo quiere averiguar dice al camarero con tono interrogativo:  cuac-cuac. El sonriente camarero le responde claramente y sin rodeos:  guau-guau.

   EL GALLO DE LAS VELETAS:  Millones de veletas de todo el mundo tienen forma de gallo. ¿Por qué? En el siglo IX el papá Nicolás I ordenó que colocaran un gallo en la parte más alta de las iglesias para simbolizar las tres negaciones de San Pedro a Jesús.

   Quería recordar así la supremacía de lo espiritual sobre lo material. Como los campanarios de las iglesias ya estaban adornados con veletas y había que poner el gallo en el punto más alto, los situaron encima de estas.

   Gandhi: profundamente religioso y vegetariano. Ante cualquier tipo de injusticia, cultivó toda su vida el amor a la verdad y la justicia. Decidido defensor de la no violencia, nunca llevó guardaespaldas. “Estoy dispuesto a morir por mi pueblo, pero de ninguna manera estoy dispuesto a matar”.

                                

Francisco Tomás Ortuño  

 

   8 mayo 2009.- Jumilla, acabamos de llegar. La gata ha venido con nosotros. Ni se te ocurra hacer un viaje con un gato. Aunque vaya atado se va a soltar y como una fiera va a saltar por encima de tu cabeza.

   En el mejor de los casos, se va a poner en tus pies y no te va a dejar frenar o cambiar de marcha. Un peligro siempre. Nosotros la atamos antes de salir, pero ella dijo que no, que no estaba dispuesta a venir atada.

  Probamos a meterla en una caja, pero de cajas nada. Como un tigre nos miraba desafiante, y así todo el viaje. Menos mal que en dos ocasiones que nos hemos tropezado con la policía, iba quieta por el suelo del coche y no la advirtieron. Que no se te ocurra hacer un viaje con un gato, te lo advierto.  

   El perro se hizo a viajar con nosotros y hasta lo agradecía. Era otra cosa: ponía las patas traseras en el asiento y las delanteras en el cuadro de mandos y era un viajero más, mirando el panorama.

   Con todo, un día nos paró la policía. “El perro no puede ir suelto en el coche”, dijo. “No molesta”, le dije. “Está hecho a viajar con nosotros”. Creyó que le tomaba el pelo y sacó el bloc de las multas.  

   “Según el artículo tal del código vigente, los coches deben llevar un departamento con rejas para estos casos”, y me multó con 60 euros. No quise protestar porque llevaba las de perder.

   ¿Hubiera comprendido el guardia que Luna era una viajera inofensiva? Él solo escuchó que viajaba así otras veces y que había esquivado la ley, cosa que no estaba dispuesto a consentir.

   Recordé que en otra ocasión me paró la policía de tráfico. “¿Qué ocurre?”,  dije cuando estuvo cerca, con la tranquilidad de quien se sabe inocente. Fue entonces que me dijo: “Lo voy a multar por no llevar puesto el cinturón”.

   Me sonreí tranquilo y le dije: “Perdone, pero lo llevaba puesto; acabo de quitármelo para bajar del coche”. Él, ante mi tranquilidad debió de dudar pero me dijo: “No lo llevaba puesto”.

   Ante su insistencia, me creí en la obligación y en el deber de insistir: “Si lo llevaba”. “No lo llevaba”. “Sí lo llevaba” grité con la fuerza de la razón. Se detuvo unos segundos y vería en mi cara la seguridad de mis palabras.

    Y dijo: “Siga usted pero no lo llevaba”. Le digo yo a usted que sí lo llevaba”. Cuando arranqué con el cinturón puesto, aún escuché la voz del  agente que decía: “No lo llevaba”. Paré otra vez, saqué la cabeza, lo miré fijo y exclamé: “Sí lo llevaba”.

   Recordando el incidente, pienso que nada para convencer que estar cierto de lo que defiendes. Aún no llevando razón, como en mi caso. Yo no sabía que llevar el cinturón por debajo de los brazos era tanta falta como no llevarlo.

   Puesto el Guardia de frente no lo vio y dio por hecho que iba sin él. En cambio yo defendí mi postura porque creía que se trataba simplemente de llevarlo  cubriendo mi cuerpo.

 

   Por fin hemos llegado a casa con el gato. Ha sido para él una liberación total. Cuando ha visto la puerta abierta no sabía qué hacer. Como esos toros remisos que con el toril abierto se lo piensan.

    ¿Habrá recordado su casa, sus escaleras, las terrazas donde jugaba con sus cachorros? Enseguida, observando sus movimientos, ¿que le pasará por la cabeza? me he preguntado viéndola mirar atenta a todos lados.

   Pero lo que más me ha conmovido fue verla ir despacio al rincón donde tuvo a sus hijos y mirar y remirar como buscando. Me ha mirado a mí y seguro que me preguntaba: “¿Dónde están?”.

                                  

Francisco Tomás Ortuño

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