El Lienzo Infinito de Pascuala.

El Lienzo Infinito de Pascuala

Había una vez, en el corazón de Jumilla, una luz especial que solo los ojos de una artista podían captar. Esa luz no era blanca ni amarilla; era del color de la uva Monastrell cuando el sol de la tarde la acaricia, un púrpura profundo que prometía vida y alegría.

Pascuala, con sus ochenta y nueve años de sabiduría, se sentaba frente a su caballete invisible. Aunque sus manos ya no sostenían el pincel con la fuerza de antes, su mente seguía siendo la mejor facultad de Bellas Artes del mundo. Ella sabía que pintar no es solo poner óleo sobre tela; es saber mirar.

—¿Recuerdas, Pascuala? —parecía susurrar el viento que bajaba del Castillo—. Recuerda el olor del aguarrás mezclado con el aroma de los viñedos en otoño.

En su memoria, Pascuala comenzó a trazar un boceto. Primero, dibujó una línea firme y segura: esa era la columna vertebral de su vida, su querido Francisco. A sus noventa y dos años, Francisco era como un roble antiguo, siempre a su lado, compartiendo el pan y los recuerdos. Él era el marco perfecto para todos sus cuadros.

Luego, Pascuala buscó en su paleta de colores para pintar a sus hijos. Necesitaba cinco tonos distintos, pero que armonizaran entre sí.

Para los cuatro hijos, eligió los ocres de la tierra de Jumilla, fuertes y protectores.

Para su hija, buscó un azul celeste, como el cielo despejado sobre la Sierra del Carche.

—Uno, dos, tres, cuatro y cinco —contaba Pascuala en su corazón, sintiendo el orgullo de la madre que ha visto crecer sus mejores obras de arte.

Pero el cuadro no estaba terminado. Faltaba el detalle más vibrante, las pinceladas de luz que dan movimiento a la composición. De repente, el lienzo de su mente se llenó de risas y saltos. ¡Eran ellos! Los trece nietos. Cada uno era un color puro: rojo pasión, verde esperanza, naranja entusiasta. Trece destellos que iluminaban cada rincón de la casa y de su memoria.

Pascuala cerró los ojos y se vio a sí misma joven, caminando por las calles de Jumilla, con los dedos manchados de carboncillo y el corazón lleno de sueños. Se recordó pintando los paisajes de su tierra, intentando atrapar la esencia de los olivos y la luz del Mediterráneo que llegaba de lejos.

—Pascuala —le diría Francisco hoy, con esa voz que es su hogar—, qué bien te ha quedado este cuadro.

Y es que la vida de Pascuala no está guardada en un museo, sino en las miradas de sus trece nietos, en las manos de sus cinco hijos y en el amor eterno de su Francisco. Porque ella, la artista de Bellas Artes, ha comprendido el secreto más grande del arte: que el amor es el único color que nunca se desvanece.

Para Pascuala, con cariño, para que nunca deje de pintar con el alma.

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