Rillo.

9 Marzo 2026  Santa Francisca Romana  68 – 297  Sol: 7´36 a 19´15

   Murcia, lunes, tiempo lluvioso, pero sin novedad en casa ni en la familia, gracias a Dios.

   PARA PENSAR: El lazo más fuerte de simpatía humana, debería ser unir a las personas de todas las naciones y todas las lenguas.

   PARA SEGUIR PENSANDO: En la edad antigua, los astrónomos cuando contemplaban la luna creían que las regiones oscuras de su superficie eran océanos y las brillantes continentes. De ahí los nombres latinos de mare (Mare Frigoris, Mare Serenitatis, etc.) para algunas de sus zonas. Nomenclatura que todavía hoy se sigue utilizando.

   UNA CARTA: (A mis nietos Gabriel, Pablo e Isabel )

  Hoy he escrito una carta a mi padre. Entre otras cosas le hablo de Rillo por la noticia de la muerte de don Miguel Iniesta Corredor.

   Cuando fui a Rillo (Teruel) el cura me llevó a la escuela. Don Federico, o mosén Federico, como allí le llamaban, era subido de color, regordete y usaba sotana.

   ¡Nenes, este es el señor maestro! y nos dejó solos. Habría 30 o 40 niños. La escuela era una sala rectangular, con bancos sucios, medios rotos y una pizarra en la pared.

   Nos pusimos a limpiar y a ordenar lo que había en armarios y mesas. A los pocos días, el aspecto de la escuela había cambiado. Don Miguel vino pronto, por la tarde, a la hora de salir.

   Vino también con el cura  “¿Han rezado los niños?, dijo serio. No sé si porque estaba allí delante el cura o porque decía lo mismo en todas las escuelas.

   Es cuanto recuerdo de este inspector. Es más, creo que no dijo más en su visita, ni volvió por la escuela después en los dos cursos que yo estuve en Rillo.

   Su aspecto era de un hombre cuarentón y no muy alto. Nunca más volvimos a vernos, a cruzar palabra. Quizás porque fue la primera visita de un inspector en mi escuela, lo recuerdo.

   Don Federico me llevó varias veces a su casa. Vivía con él para lavarle la ropa quizás, limpiar la casa y preparar comidas, una señora ya mayor, como el ama de Don Quijote. Antes de entrar a la casa había un patio o corral que daba a la calle, con gallinas y conejos.

   Mosén Federico era un típico cura de pueblo, bueno en el fondo, que comía bien, bebía mejor y jugaba a las cartas en el bar, contaba chistes chistes subidos de tono y se reía el mismo de ellos estrepitosamente. La saliva se le escapaba a raudales por la comisura de los labios y los puros habanos se sucedían sin descanso como sus chascarrillos.

   Entendía bien la vida el mosén. Estaba creo yo a medias con Dios y con el diablo. Al final, segun me contaron luego, murió de accidente en una moto.

   Un día me dijo que lo lo llamó el Obispo: “Me han dicho, don Federico, que juega usted en el bar con los mineros; me han asegurado que bebe usted como un cosaco”.

   A lo que él respondió: “Es cierto, Eminencia, si no fuera yo al bar no tendría ocasión de hablar con los hombres de mi pueblo, ellos no pisan la iglesia”.

   Así era este hombre que presumía de saber cantar la jota aragonesa en 12 estilos diferentes. A mí me cantó algunas pero es mejor no recordar: vos chillona, ojos vidriosos y pies que no podían con él por haber abusado de la bebida.

   El día que llegué a Rillo don Federico me invitó a cenar en su casa con nosotros estuvo no recuerdo su nombre pero era el anterior maestro don Eduardo creo con el cura se llevaba bien.

   Estaban muy compenetrados, bebieron, cantaron y ccontaron chistes que tuve que reír sin hacerme gracia. Aa mis 20 años, con ilusiones sin estrenar, aquellos chistes y aquella bromas me hacían daño, me sentaban como una bofetada.

                           

Francisco Tomás Ortuño


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