Domingo de panes.

22 Enero 2.026, San Gaudencio Año: 22 – 343; Sol: 8´33 a  18´20; Luna: 10´30 a 22´22

   Murcia, jueves y sin novedad, gracias a Dios. Fuera de casa muchos líos: Trum que quiere Groenlandia, trenes que descarrilan…

   ¿NOS REÍMOS?

   -En una librería:  ¡Hola! ¿Tiene libros para el cansancio?

   -Sí, pero están agotados.

 

   -¡Hola! ¿Tiene usted algo de Hemingüey?

   -Sí, “El viejo y el mar “.

  -Pues, deme el mar, por favor.

 

   -¿Tiene libros sobre el sentido del gusto?

   -¿El sentido del gusto? Lo siento, eso no existe.

   -¿Cómo que no?

   -Sobre gustos no hay nada escrito.

 

   -En la consulta: Doctor, creo que hablo en nombre de todos: le doy las gracias por curarnos la personalidad múltiple.

    -De eso nada, todavia les queda un mes de tratamiento.

 

   Un Domingo de Panes escribí: 10 marzo 1991, la casa:

   Tras el terremoto de los pintores, quedó chulísima. Dijo Esteban cuando pintaba: la vamos a rejuvenecer 20 años. Ahora sí va a ser la casa de doña Pascualita.

   Y es verdad, parece otra, más señorial, más joven, con solo haber cambiado puertas y haber pintado las paredes.

 

   Por lo de Panes, esta tarde, según rumores, vendrá Vanesa, cuñada de Pascual, a romper el huevo. Aún le queda humor a mamá para estos fregados.

   Hervirá huevos, preparará meriendas y jugaremos. Ay, ya quedan atrás, muy atrás, aquellos domingos como este, cuando nos íbamos a merendar al Prado con nuestro hornazo.

   En cierta ocasión, fuimos a un campo y Pepito Cincoduros casi se ahoga con una yema en la boca. 

 

     8 marzo 1991, viernes fresco pero soleado, las diez de la mañana y la casa patas arriba. Los pintores la han tomados por asalto: unos quitan puertas, otros entran botes, otros separan muebles de su sitio… ¡Ay, Esteban, la que armas por donde vas!

   Y es que, tanto los albañiles como los carpinteros, o los pintores, son mientras que trabajan, incompatibles con el orden, con el sosiego, con la paz. Donde ellos se encuentran, sobra lo demás. ¡Qué trajín!    Luego, cuando se marchan, las cosas vuelven a su sitio.

 

   Pero, ¡cómo goza mi mujer con estos líos! Parece un obrero más quitando, poniendo y disponiendo. Se fue a las 8 y volvió a las 9. ¿Cómo podía ella faltar a la fiesta de la pintura en casa?

   Nada de eso: Su curso a la Exposición de Yecla y ella libre. Cuando algo se quiere con fuerza, parece como si el destino se orientará en ese sentido. Es el cerebro quien dispone las cosas: tiene vigor y fuerza para actuar.

   Otro misterio más de la vida. La mente tiene fuerza física para mover montañas. Tú proponte algo con ilusión, desea algo con energía, y todo se dispone para que se realice. Potuit, Decuit, ergo Fecit.   Pudo, convino, luego se hizo.

   Yo diría: “Deseo, pienso, y lo hago”.  El mundo espiritual trabaja aunque no lo veamos. El cerebro con sus miles de conexiones se orienta hacia donde lo dirigimos con el pensamiento y con la voluntad. Y luego los resultados son imparables y sorprendentes.

 

   Voy de Don Quijote por el Capítulo XVI de la segunda parte, cuando dice Sancho que ni Carrasco es Carrasco, ni Tomé Cecial es Tomé Cecial, y otro caballero vestido de verde sigue con ellos en animada charla. Muchas virtudes posee este señor, muchos pensamientos buenos se escapan por su boca.

   Anoche,  Lina me daba la lección de Cervantes y su obra. Hoy tiene un examen. Cervantes, antes de escribir Don Quijote, pudo leer que alguien se vuelve loco leyendo romances y quiere luchar con los caballeros que en tales romances aparecen. Y él hizo lo mismo, pero con libros de caballerías.

   Cuando llevaba  5 o 6 capítulos cayó en la cuenta de que había encontrado un filón riquísimo y continuó con su historia imparable del hidalgo manchego.

   No es restar mérito a la obra, pero todo tiene su origen en los abismos de la mente.  Cervantes no quería los libros de la andante  caballería, como muchos de su tiempo, y la lectura del loco que lucha con personajes romanceros le sugiere a él su protagonista que pierde igualmente el juicio y lucha contra gigantes de la misma medieval orden caballeresca.

   No te enfades, don Miguel, no quiero quitarte el gran mérito que tuviste. ¿Sabes una cosa? Tenías justo la edad que yo tengo ahora cuando sacaste a la luz la primera parte de tu libro.

   De 1541 a 1604 van justitos, justitos, 57 años. Doce más y nos dejaste, sabiendo que habías cumplido con tu oficio de escritor. Quiero decir que no dejaste a medio nada.

   Las Sergas de Esplandián te hicieron decir: “Adiós a todos que ya me voy, puesto ya el pie en el estribo”. Cuatro días antes de morir firmabas tu última obra sabiendo que dejabas una gran herencia a la posteridad.

                                      

Francisco Tomás Ortuño.

 

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